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Un llamado a la ciencia abierta

El mundo atraviesa una situación que recrudece las contradicciones sociales que de otro modo se encuentran atenuadas, localizadas y simplemente pasan desapercibidas. En esta entrada hablaré de una que en medio de esta crisis parece un absurdo, pero que por lo general vemos como natural.

En el momento en que escribo este documento, Italia es el segundo país con mayor número de contagiados por detrás de Estados Unidos, pero con la mayor cantidad de muertos. La COVID-19 ocasiona complicaciones respiratorias que pueden ocasionar la muerte si no se recibe el tratamiento adecuado. En muchos casos, los pacientes necesitan de respiración asistida lo que hace que las máquinas de respiración se transformen en un recurso escaso ante un virus con tal capacidad de contagio.

Si la «vida es sagrada» como afirman tantas personas, incluyendo al mandatario de Colombia, frente a temas como el aborto; si la vida es un derecho humano fundamental y tan primario que sin él no tiene sentido hablar de otros derechos humanos, entonces la respuesta que esperaríamos de la sociedad es que todos los recursos se dirijan hacia la protección de la vida y de la salud humana.

Para sorpresa de muchos, aunque no para mi, en tiempos como este, se sigue colocando en una balanza la vida, de un lado, y los intereses económicos de unos pocos, en el otro. Los países latinoamericanos contaron con ventaja para prepararse para la crisis sanitaria que se venía y sin embargo tardaron mucho en asumir las medidas necesarias, afirmando que la economía no puede parar así como así. Realizaban un tanteo en espera de ver cómo avanzaba la pandemia y cada día tardío resultó o resultará, seguramente, en muchos decesos, especialmente para países con sistemas de salud tan paupérrimos como el nuestro.

Mi intención en este artículo, sin embargo, es centrarme en otra situación que ha venido ocurriendo. Miles de personas alrededor del mundo han respondido al llamado a aportar de alguna forma su conocimiento y su trabajo a la crisis. Bien sabemos que los trabajadores de la salud, los campesinos, el personal de farmacias y todos quienes hacen parte de la cadena de suministros básicos, de servicios públicos, entre otros, continúan trabajando. Es casi una obligación de parte de los estados el mantenerlos funcionando. A ellos se han sumado profesores y estudiantes de universidades públicas quienes han querido aportar construyendo equipos médicos de bajo costo, o partes para equipos médicos que no son fáciles de conseguir. En la Universidad Tecnológica de Pereira tenemos un caso en que «unas 15 personas entre docentes y egresados…crearon un prototipo de respirador mecánico debido a la emergencia sanitaria originada por [la] COVID-19». En la Universidad Nacional hicieron lo propio, construyendo respiradores para pacientes con coronavirus.

Alrededor del mundo comunidades de makers, que en español vendría a traducirse como creadores o hacedores, se han organizado en torno a la emergencia que atravesamos. Hablamos de ingenieros, programadores, expertos en electrónica, ingenieros mecánicos, médicos, físicos, etc., quienes se unen con el objetivo de apoyar en la contención de la emergencia. Igualmente, individuos u organizaciones con impresoras 3D, una tecnología que se hace cada vez más accesible aparece como una forma de construir esos suministros y equipos médicos a un relativo bajo costo. Hay proyectos para construir ventiladores de «código abierto», entre muchos otros dispositivos que pueden ser de utilidad para enfrentar la enfermedad.

A todas estas personas las impulsa la idea de ayudar. Aunque no sean conscientes de ello, comparten el espíritu de movimientos anteriores a ellos. Los diseños que han realizados para los respiradores los han liberado como «hardware libre». Cualquier persona puede descargar el diseño e implementarlo ella misma si tiene el conocimiento y los recursos suficientes. No solo eso, cualquier persona puede mejorar el diseño y compartir los cambios con la comunidad. Esa filosofía no nació con el hardware, fue planteada por primera vez en la década de 1980 por Richard Stallman, un hacker del MIT, quien consideró injusto no poder arreglar él mismo una pieza de software que requería la impresora del laboratorio en el que trabajaba.

Stallman decidió que no era ético prohibir arreglar el software e inició el desarrollo un sistema operativo «libre» (de libertad, no de precio) al que hoy conocemos como GNU/Linux. El sistema operativo que inició Stallman es una de las bases que posibilita el funcionamiento de la internet moderna. Stallman consideraba que las licencias «privativas» de software daban un poder injusto sobre los usuarios y planteó que un software ético debe respetar cuatro libertades básicas: el programa se puede usar para cualquier propósito, se puede estudiar cómo funciona el software y modificarlo, se pueden distribuir copias del programa libremente y se pueden compartir dichas mejoras en beneficio de todos. Las licencias de software que conocemos restringen lo que se puede y no se puede hacer. Las licencias libres usan el derecho de autor para permitir la cuatro libertades ya mencionadas. Es un uso opuesto de las leyes de derechos de autor a lo que Stallman llamó «izquierdos de autor» (o copyleft en inglés).

Si nos quitamos por un momento el prejuicio de la «propiedad privada» que tan imbuido está en nuestra sociedad, nos daremos cuenta que copiar es una acción necesaria para que la información digital sea útil. Cuando visitamos una página web, lo que hacemos es descargar una copia de todo lo que vemos en nuestra computadora para luego visualizarla en el navegador. Cuando editamos una imagen estamos copiando el contenido desde el disco duro hasta la memoria RAM de nuestras computadoras para editarla desde allí. Lo «antinatural» es prohibir la copia. Las licencias restrictivas sobre trabajos digitales son una limitación artificial de una capacidad innata de la informática. El objetivo de esa limitación es tratar los programas informáticos como una mercancía más y poder explotarla económicamente.

Las ideas de Stallman se esparcieron por el mundo entero y se adaptaron más allá del software. Al tratar con obras digitales como fotografías, literatura, música, etc. hablamos de Cultura Libre. En el mundo del hardware nos encontramos con el hardware libre que es la utilización del «derecho de autor» para permitir, en lugar de prohibir, ciertas cosas sobre los diseños del hardware para que puedan ser compartidos y mejorados.

En el campo de la ciencia, las publicaciones científicas son de la mayor importancia y, sin embargo, nos encontramos con «barreras de pago» para acceder al conocimiento científico. Mucha de esa investigación científica es financiada con recursos públicos pero los productos finales, incluyendo las publicaciones científicas son apropiadas por privados. Para el caso de los artículos científicos hablamos de las grandes casas editoriales de literatura científica. Los impuestos de la gente pagan por esa investigación, y las universidades públicas, posteriormente, pagan una vez más para acceder a las publicaciones. El mayor aporte de las revistas es la revisión por pares suele ser realizada por investigadores voluntarios que en muchos casos son empleados de universidades públicas. Es válido preguntarnos: ¿Cuántas veces tiene que pagar la sociedad por el proceso de investigación?. No olvidemos que la ciencia es un ejercicio colectivo; la ciencia y la tecnología moderna descansan sobre hombros de gigantes, y solo puede seguir avanzado de esa forma. Es por ello que muchos científicos e investigadores cuestionan la forma en que funciona este proceso de financiación pública con apropiación privada. Como respuesta, y haciendo eco de los principios esbozados por la comunidad de software libre, adaptados al problema particular, se empieza a hablar de «acceso abierto» y posteriormente de «ciencia abierta».

Tomemos el ejemplo de unos creadores italianos quienes hicieron su aporte a la crisis de su país construyendo respiradores bajo licencias libres. No hay duda de que estaban haciendo lo correcto; actuaban por el bien común. Sin embargo, tienen el temor de ser demandados por los dueños de los diseños de algunas de las partes que utilizaron, las cuales están protegidas por patentes, otro mecanismo cubierto bajo el paraguas de «propiedad intelectual», junto a los derechos de autor, usados para limitar el acceso a los productos de la ciencia y la tecnología.

¿No le parece absurdo al lector que unos bienhechores teman por consecuencias legales en medio de una crisis?. Las crisis mundiales son periódicas, más no son constantes. Sin embargo, existen regiones del planeta, las más pobres, que llevan siglos en crisis. Muren por falta de agua, por hambrunas, por condiciones sanitarias que reducen la esperanza de vida. Mueren por enfermedades que tienen cura o tratamiento, por las cuales una persona de los llamados «países desarrollados» difícilmente moriría. La cura está, pero el derecho a la propiedad, que debería llamarse más bien, el derecho a la acumulación, está por encima de la vida y de la salud. Las patentes evitan que muchos de estos problemas se puedan combatir como es debido. Las soluciones están, o cuando menos, los recursos y esfuerzos para encontrarlas sobran. Las relaciones sociales, económicas y políticas las limitan y evitan que se apliquen. Es justo rebelarse contra estas injusticias, como lo han hecho mujeres como Alexandra Elbakyan quien inició Sci-hub, un repositorio de artículos académicos «ilegales» y quien se encuentra actualmente refugiada en Rusia por su «crimen». ¿Cuál es el verdadero crimen?.

El llamado es una ciencia abierta, pero sobre todo, a una ciencia para el pueblo que no puede más que ser una ciencia con el pueblo. Debemos ocuparnos de los problemas que acucian a la humanidad. Lo que evidencia el caso como el italiano, o el de las universidades colombianas en medio de la crisis es que el potencial está allí. Me imagino esta misma fuerza de creadores, una fuerza creadora al servicio del pueblo, de los problemas que más afectan a la gente, y un estado que lo posibilite, como es debido. Y más allá, una sociedad realmente apropiada de la ciencia y de la tecnología en todos los niveles, es decir, una verdadera socialización de la ciencia.

El virus se convirtió en el catalizador de una crisis económica. Si dejamos de fijarnos por un momento en el tipo de economía al que estamos acostumbrados y fijamos nuestra atención hacia otro lado, empezamos a ver las semillas con un enorme potencial que encarnan un verdadero progreso social.

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